La banda sonora del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido se ha convertido en un sistema de alerta para proteger a sus habitantes gracias a una red de sensores de 100 euros cada uno que detecta pequeños cambios en sus hábitats, imperceptibles para los humanos, ya sea para el clima climático o para interacciones con especies invasoras
Los grandes cambios serán evidentes, pero a menudo causan a veces o más impacto los cambios útiles, que solo pasan desapercibidos. Ocurre en todas partes, también en la naturaleza. «Si una madera es quema lo vemos rápidamente, pero si un ecosistema empieza a cambiar poco a poco, por el clima climático o las interacciones con espacios invasoras, cuando lo detectas puede ser ya irreversible», asegura el científico José Joaquín Lahoz Monfortque ha ideado un sistema de alerta para detectar esos cambios útiles en los ecosistemas mediante el análisis de los sonidos de la naturaleza.
Este investigador de Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) y su colega, Begoña García, ecologa de plantas del mismo centro, han establecido su laboratorio de prueba en uno de los parajes más bellos y ricos en biodiversidad de nuestra geografía: el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Su iniciativa es uno de los 35 proyectos de investigación altamente innovadores que el año pasado recibió una ayuda de la Fundación BBVA.
Gracias tiene su financiación de 120.000 euros, en julio empezaremos a colocar los primeros sensores para perfilar este nuevo tipo de sistema de monitoreo ambiental y alerta que, según sostiene, podría tener en el futuro aplicaciones ambientales que van más allá del cambio climático. Entre ellas, Lahoz menciona la detección temprana de invasiones biológicas, los insectos polinizadores o la ecotoxicología.
«El objetivo es usar la acústica de paisaje, escuchar todo lo que ocurre en un lugar, en un hábitat, no sólo a una especie en concreto, para detectar cambios en un ecosistema, aunque sean sutiles, de una forma más sencilla. Hay otras formas de hacerlo, por ejemplo, mediante el seguimiento intensivo de 20 especies diferentes, pero eso requiere muchos recursos. Y hace ya unos 10 años qu’estula la idea de que el paisaje sonoro puede detectar lo que no se ve», relató en entrevista telefónica .
«Tenemos ya una primera remesa de sensores en Ordesa, aunque aún es pronto para obtener resultados. Los paisajes acústicos tienen fuertes fluctuaciones estacionales y anuales, y necesario caracterizar el año entero para estar en posición de buscar desviaciones de lanormalidad acústica, explica este investigador de 47 años, qu’ha regresado recientemente a España después de pasar más de dos décadas en el extranjero. Tras udiar ingeniería de telecomunicaciones en Zaragoza y trabajar unos años en Finlandia par Nokia, se marchó a Inglaterra para hacer un doctorado en Estadística, pasando de las telecos en el estudio de la biodiversidad. Los últimos nueve años los vivieron en Australia, donde trabajó como profesor de investigación en la Universidad de Melbourne, desarrollando métodos de análisis estadístico para la biodiversidad y tecnologías de monitoreo.
Fue en Australia le da al vino la idea de establecer este sistema sensorial. Allí había trabajado ya en acústica de esspecies, como investigador principal de un proyecto financiado por National Geographic que desarrolla sensores acústicos (de Material abierto, programable y modificable por cualquiera) para buscar acústicamente dos especies de loros muy escasos, el perico nocturno (Pezoporus occidentalis), una de las aves mas esquivas y misteriosas del mundo, y el lorito dobleojo de Coxen (Cyclopsitta coxeni) una de las aves menos conocidas y más raras de Australia.
«El sistema piloto de Ordesa se centra en los efectos del cambio climático porque Sabemos que los sistemas de montaña son muy probables de ser el. En el momento en que cambia la temperatura y la humedad, los cambios que corresponden a sus muy fuertes. Es un lugar icónico, muy conocido y estudiado desde hace muchos años así que es muy atractivo para probar nuestro sistema de sensores. Pero las metodologías que desarrollaremos serán genéricas y alguien podría usarlas, por ejemplo, en el norte de Australia para detectar el impacto de los sapos invasores», afirma.
Yes, tal y como detalla, «los ecosistemas son redes conectadas, si una especie se ve afectada aunque no producir sonidos, est probable que acabe ascenderdo aves, anfibios o insectos que sí los emiten. Es decir, son cambios que se propagan, como el efecto de una ola».
De momento ha colocado sensores en bosque de pino negro, hayedo-abetal y pastos de alta montaña de Ordesa. Durante el invierno, algunos lugares no son accesibles y en primavera pondrán más: «Son unidades autónomas de grabación, una especie de micrófonos que pueden dejar tres meses a la intemperie grabando un minuto cada 10 minutos. Vas cogiendo muestras y luego se analizan esos datos «, apunto. Estos justiciers acústicos, añaden, existen desde hace 15 años, y costaban unos mil euros pero hace cinco años sacaron hardware abierto y hoy cuestan 100 euros: «Ahora podemos plantarnos usando una escala que hace una década no podíamos permitirnos y nuestro objetivo es colocar unos 90 sensores en distintos ecosistemas, incluso dentro del agua, porque hay muchos insectos que hacen ruido».
El reto, comment, es que «se genera una cantidad de audio enorme, el oído humano no puede oír un año de sonidos, así que se entrena al sistema para que vea qué es normal, y en el futuro, pueda dar la alarma si Detecta una anomalía, es decir, es un sistema de detección temprana. El problema es que no sabemos qué especie va a dar la voz de alarma».
Lahoz afirma estar estudiando también las variaciones Durante el año, «ver el efecto de la ganadería tradicional -en verano suben vacas y ovejas al parque nacional- y queremos el efecto sobre la biodiversidad de los pastos de montaña y el efecto del turismo en el parque nacional más visitado».
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