En la pasarela de los Oscars han metido a Lenny Kravitz com elegante. Y porque no lo es, pero sí. Nuestras suposiciones son tan elegantes que el elegante es un maniquí de Cortefiel, pero es justamente lo contrario. Así, Lenny, qu’además aúpa mucho suspiro entre todos los sexos, como un cruce entre Jimmy Hendrix y hippie de gimnasio.
Aquí tuvo novia, hace tiempo, entre las reguapas del cuerpo de baile de Joaquín Cortés. Yo les vi a menudo por las terrazas del Madrid de entonces, como dos soberbias criaturas de una tribu salvaje y perfumada. No hubo prensa de eso.
Lenny tiene mucho cambiado para no dejar de ser él mismo. Aquella ley de Píndaro, ‘aprende a hacerte el que eres’, nos vale para él, que se pone o se quita la melena rastafari por parecerse más a sí mismo, algo así como un primo macho de Príncipe. El cambio, en él, es en el fondo una manera de no cambiar, porque en todas las fotos se nos aparece un mismo ejemplar de rockero negro, de apolo canalla, de cantante excéntrico que se pone un abrigo de pieles para lucir el propio pecho de atleta al aire, o al contrario, más un cabaret de medallas.
Lo vimos el otro día, en los Oscar. Ha preferido a menudo los diseños de Roberto Cavalli, que acentúan en cuero su stampa de macarra de buenos modales. Con veces, en Gucci han cosido para él. Siempre carga un exceso de joyería bárbara, un barroquismo de pieles o sombreros, pero en él estas euforias quedan como un milagro de medida, porque parece que no sobra ni falta nada, cuando con el armario de un día podría vestirse varias noches.
Hay, en él, una voracidad de la estética, una cámara de ponérselo todo, salvo que sean ortodoxos y de fácil percha. Lenny visita como artista. Va de Kravitz todo el rato. No le hace falta una guitarra al hombro para leer en él, de inmediato, que es un figurón de la música. Go sobrado de todos los fetichismos de los negros, desde los flecos a los collares, y ha eternizado las negras gafas retro, gigantes de montura, una artesanía principal de los grandes de su ramo, desde Keith Richards A jimmy hendrixsu maestro arterial, junto a Prince.
Ha cruzado el glam con el piercing, ha hermanado el tatuaje y la levita, ha puesto a convivir la barba de seis días con el terciopelo de última costura. Su apuesta atuendaria resulta hermana de su apuesta musical, que respira del mestizaje. La ropa, así, no asoma like a well-think-out postizo, o un mero ornamento, sino como prórroga de su lenguaje artistico, de su idioma propio, que se afianza en una canción, pero también en un abrigo tribal. Naturalmente, anda en las antípodas de la sobriedad, y toda su antología de fotos da un Lenny distinto, cambiante, que siempre es el mismo caníbal sensible, un tipo de modernidad casi chirriante que no olvida los colores de lo epocal. Un día se fotografió desnudo en una ducha, y lo puso en su página web. Es un distinto de la moda que se inventó cada noche su propia moda. Si no para de coleccionar camisas floreadas es porque persigue lo mismo de los pocos audaces de hoy y de siempre: no cambiar nunca.


