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Picasso, miradas que matan

Picasso, miradas que matan


Podríamos aventurar que un pintor como Picasso, tan capaz de atrapar el pálpito físico de las cosas como de destroy la supuesta verdad de su apariencia, habría estado de acuerdo con James Joyce cuando, en referencia a la fuerza de las palabras, como relata Georges Didi -Huberman en ‘Lo que vemos, lo que nos mira’, afirmaba que la visión opera siempre en un cara a cara con el ineludible volumen de los cuerpos humanos: esos objetos primeros de todo conocimiento y de toda visibilidad que son cosas para tocar, acariciar, obstáculos contra los cuales hemos rompernos la cabeza, pero a la vez cosas de las que salir ya las que entrar, volumes dotados de vacíos, de bolsillos o de receptáculos orgánicos, bocas, sexos, tal vez el ojo mismo. Muy pronto el artista parece entender que en su búsqueda ansiosa, propia de un gran talento como el suyo, de un idioma visual tiene dos espejos donde poder ver reflejadas cualidades, esencias o características. Dos lugares valiosos para practicar el juego de los reflejos qu’allowe medirnos con lo que existen «ahí afuera» no solo de los otros sino también de nosotros mismos. Picasso vio un bosquejar su mirada con un trazo cada vez más firme Uno son los retratos de los pintores por los que, en su primera juventud, profesa cierta admiración o, quizás, no poca fascinación: Goya, El Greco, Gauguin o Van Gogh. Así se medirá repetidamente pintando esos autorretratos ‘à la manera de’, en los que ya se ba lo que será una constante y un rasgo firme de su poderosa personalidad siempre a la búsqueda de lo desconocido. Es la modificación pictórica de las formas de otros para ir interpretando la cambiante identidad de lo propio from del desordenamiento y la deformación formal de lo pictórico ajeno. El otro espejo, la superficie material de cristal cubierta en su cara posterior de una capa de mercurio, como dice el refrán, le da la imagen de algo íntimo y difícil de nominar: «La cara es el espejo del alma». Así, durante este tiempo de búsqueda inicial en el que intenta averiguar quién y cómo pudo haber sido elegido el fondo secreto de esa cara, la suya, Picasso vuelve una y otra vez a bosquejar su mirada con un trazo cada vez más firme, hasta que en 1901 porque desembarcó en una especie de destino desesperado. En un poderoso autorretrato despojado de retóricas ajenas y liberado de academias de otros, añade una rotunda inscripción: «Yo, Picasso».